Aunque
para finales del siglo XIX ya existía un cierto pensamiento
generalizado sobre la necesidad de educar mínimamente a las mujeres,
será a partir de entonces cuando el tema cobre mayor importancia y
se produzca el acceso de éstas a la enseñanza y otros campos. Parte
de esto puede deberse sobre todo a la lenta creación del movimiento
feminista a partir de la publicación de la obra Vindicación
de los derechos de la mujer,
de Mary Wollstonecraft
en el año 1792.
La segunda ola fue el feminismo
liberal sufragista,
centrado en el derecho al sufragio y a la educación de las mujeres.
Se
trataba de educar a las mujeres porque la naturaleza las llamaba a
compartir su vida con los hombres y tenían que saber atenderlos;
porque estaba en sus manos la educación de sus hijos durante la
infancia y debían estar preparadas para formarlos, sólo una
“adecuada educación” que las preparara ante todo para ser
mejores esposas y madres era, según sus defensores, la
que les convenía y la única que las haría felices.
Una instrucción elemental, con ciertos contenidos culturales, se
consideraba suficiente; sólo una minoría defendía la ampliación
de aquella con vistas al ejercicio profesional.
Así
concebida, la educación femenina cubría
los requisitos del liberalismo; salvaba el (teórico)
principio de igualdad, respondía a las exigencias del progreso
y preservaba las estructuras sociales y familiares de cualquier
peligro, al ser las exigencias de sexo y clase sus principios
orientadores.
Sin
embargo, esta educación no tardaría mucho en mostrar sus
insuficiencias y discriminaciones. En los comienzos del siglo XX la
influencia exterior, el desarrollo de los servicios, la demanda de
trabajo por parte de las chicas de clase media, la actitud de las
interesadas y demás, haría que se debatiera y difundiera un modelo
de enseñanza femenina acorde con el resto de los países
occidentales.
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