La ciudad natal
de Blas de Otero es una gran protagonista de su obra poética, no en
balde, junto a Gabriel Aresti y Miguel de Unamuno forman una especie
de trío de ases de nuestra villa.
Nacido en la calle de
Hurtado de Amezaga en 1916 y muerto en Madrid en 1979, su postura
ante la ciudad es compleja, contradictoria en muchas ocasiones,
aunque siempre permanece en su memoria una y otra vez ese Bilbao de
fina lluvia, de cielos grises y tristes que no son otra cosa que su
carácter, personalidad...
En los poemas de obligada
lectura se pueden encontrar ejemplos de todo lo dicho anteriormente:
- Un Bilbao infantil, feliz, entrañable que biográficamente se corresponde a la más tierna infancia del autor.
- Un Bilbao beato, asfixiantemente religioso, opresivo, tenebroso...
- Finalmente un Bilbao y una Bizkaia de las que se siente orgulloso y se reconoce como hijo.
El primer
Bilbao infantil lo encuentro en el poema Bihotz-begietan cuando
habla de su nacimiento "en el país de los ricos", en
alusión clara a aquel Bilbao industrial, minero, que literalmente se
forró con la neutralidad en la I Guerra Mundial; es el Bilbao de su
madre, la terraza enorme de Hurtado de Amezaga y los brazos de lana
de su madre que, en la madurez recuerda que le reconfortan y le
protegen. Es el Bilbao de los juegos infantiles, la época de las
chuches ("cacahuetes, anises...") que aparecen en Lejos
y 1923, dos sonetos también
autobiográficos de su etapa social.
En
contraposición a lo anterior, Blas de Otero no recuerda con cariño
a esa otra infancia religiosa en la que se educó desde su ingreso en
nuestro colegio en 1923, fecha que da título al soneto citado.
Cuando tiene 50 años recuerda la Semana Santa de Bilbao y asocia
este recuerdo al llanto: "procesión de Viernes Santo, Santo,
Santo... / por Pagasarri trepan los pinares y en Artxanda los
helechos hechos llanto..." las imágenes de sus profesores,
jesuitas, se asocian siempre al color negro y la falta de cariño:
"aquellos hombres me abrasaron / hablo del hielo aquel del luto
atormentado, la derrota del niño y su caligrafía triste...".
De ahí el socorro que le pide a su madre de que no le mande más
"ante el pupitre con estampas".
Finalmente,
para acabar, está el Bilbao y la Bizkaia del hierro, que es una
metáfora de la actitud que hay que tomar en la vida: ser fuerte
(como el hierro), dar la sangre (también roja como el hierro) y
seguir viviendo. Esto lo explica cuando en Bihotz-begietan
toma ejemplo de la torre Eiffel; así el poeta confiesa que a partir
de ese momento, 1950, etapa social, va a estar en pie como la torre y
va a ser de hierro también como ella. La imagen del hierro aparece
en Gallarta; en este
poema vierte su experiencia de un año de trabajo en la mina al lado
de Agustín Ibarrola. Es un poema que se inicia con una cita de Tirso
de Molina, quien habla de los bizkainos como hechos de hierro "parcos
en palabras y largos en hechos".
En
conclusión, Bilbao y su tierra natal una y otra vez están presentes
en su obra de una forma poética y sugerente.

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